VÍCTIMAS TEMPRANAS

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VÍCTIMAS TEMPRANAS

EL ACOSO ESCOLAR DEJA MÁS SECUELA QUE EL MALTRATO DE LOS ADULTOS

El acoso escolar es un tema con graves consecuencias, además de ser uno  de los fenómenos conductuales más  investigados en los últimos tiempos. Una de las últimas investigaciones arroja luz sobre los efectos de esta modalidad de violencia  física, verbal o psicológica entre menores (bullying, en inglés) y concluye que las víctimas de este tipo de agresión son más susceptibles de padecer problemas de salud mental al llegar al final de la adolescencia que las personas vejadas por adultos. En  especial, de ansiedad, aunque también depresión y tendencia a autolesionarse. Las conclusiones del trabajo no sorprenden; estas investigaciones son muy profundas e interesantes”, advierte la psicóloga y docente universitaria cordobesa, especialista en acoso escolar, Rosario Ortega, al referirse a la dimensión mundial del problema de la violencia entre los menores. Los autores de la investigación, profesores de psicología de la Universidad de Warwick (Reino Unido), remiten a una revisión  de la situación en 38 países donde uno de cada  tres  menores ha sido acosado.

Las huellas del maltrato infantil causado por adultos (básicamente, los padres) en las víctimas están ampliamente documentadas: mayor riesgo de sufrir ansiedad,  depresión  y abuso de sustancias tóxicas además de peores resultados académicos. Pero ¿qué consecuencias tiene el acoso escolar? ¿Las secuelas que dejan las humillaciones, los insultos, las burlas, la marginación del grupo y los golpes de los compañeros, son peores que las provocadas por el maltrato en el entorno familiar?

“El acoso está presente en todos los niveles analizados, siendo los últimos cursos de la educación primaria (en especial a los 10 años) y los primeros de la secundaria  (13 años)  los que registran mayor incidencia”, precisa  el documento.

Ante la dimensión del problema, los autores del artículo se plantearon evaluar las consecuencias del bullying de forma  aislada, es decir,  en personas que solo hubieran sufrido este  tipo  de acoso.  Y compararlas los efectos  en la salud mental (medidos a los 18 años, tras seguir a los chicos desde los 8-9 años) con las secuelas que deja el maltrato adulto, que estudiaron por separado.

Para medir el impacto del acoso, los investigadores midieron el efecto en la salud mental, frente a un 17% de maltratados con secuelas, la tasa se disparaba en un 36% entre los acosados. Al detallar los efectos  a través de síntomas más concretos, también había sensibles diferencias  respecto a  la ansiedad (8% por 25%) y algo menos en casos de depresión y autolesiones.

A primera vista puede sorprender que las consecuencias  del acoso escolar sean más perjudiciales que las del maltrato, cuando en este último caso, son los padres o los familiares quienes agreden a los pequeños, con la carga emocional que ello significa.

Pero a Rosario Ortega esto no le resulta  extraño. “Los padres nos influyen  mucho en los primeros  años de vida, pero en la escuela el niño comienza a perfilar la dimensión social, y a medida que crece y se acerca a la adolescencia  las figuras  de  apego cambian  y lo que le importa al niño son los otros”. La también vicepresidenta del Observatorio Internacional  de la Violencia Escolar explica que sufrir este tipo de violencia por parte de sus compañeros en el último periodo del desarrollo del menor “supone un desequilibrio y un desgaste de la personalidad del sujeto de  forma muy fuerte”. Y si se prolonga en  el  tiempo “destruye factores muy relevantes de la personalidad  del sujeto”,  con las consecuencias  que describe la investigación internacional.

“Sufrir acoso escolar no es un inofensivo rito de iniciación o una parte inevitable  de  hacerse  mayor,   tiene serias consecuencias en el largo plazo”, concluye  Dieter Wolke,  profesor de psicología del desarrollo de la Universidad de  Warwick   (Reino Unido) y uno de los autores del trabajo.

A su turno, Rosario Ortega destaca que en las últimas décadas las sociedades occidentales han avanzado mucho en su lucha contra el maltrato infantil,  pero  no tanto en el ámbito del acoso escolar. “Debemos asumir que un niño no puede ni debe acosar, maltratar o abusar de otro, y que las escuelas deben intervenir; hay que formar  bien a los maestros y a los padres. Este comportamiento violento  no es cosas de niños; es muy dañino y sigue siendo muy frecuente”, afirma  con profundo conocimiento de causa.

Cyberbullying

Las nuevas tecnologías han complicado mucho el escenario del acoso debido al impacto que puede tener un agravio. Lo que antes quedaba en el espacio del aula o en el patio del colegio, con Internet se ha ampliado y multiplicado. Ya no son los 20 compañeros que se ríen sino los miles de contactos de cada uno de esos 20 compañeros, viralizando la ofensa. “Por otra parte el impacto crece también porque no hay un límite en el horario para las agresiones y la vergüenza. Eso deja a quien lo sufre expuesto a la vergüenza constante y le genera muchísima ansiedad”, advierten desde la Asociación Civil Libres de Bullying.

Pero los expertos advierten que los mecanismos del control extremo de los dispositivos tecnológicos no sirven. Cuando un chico comienza a utilizar un dispositivo electrónico o una red social, es importantísimo que padres e hijos negocien términos y condiciones del uso de esta nueva herramienta. Las padres deben enseñarles a sus niños a utilizar las redes sociales con responsabilidad y a convivir en paz y armonía tanto fuera como dentro de la Red.

NO ES “COSAS DE CHICOS”

Hay que desterrar la idea de que cierto tipo  de violencia entre menores “es cosa de chicos”; son realidades que causan un sufrimiento insoportable y suelen dejar secuelas mentales graves en las víctimas. Y son más graves incluso  que  las que  provoca el abuso infantil. La razón es que la violencia escolar se produce en un momento muy delicado de la maduración de la persona como sujeto social y afecta gravemente a su autoestima. Los escolares con alguna  singularidad en su personalidad son los que más riesgo corren.

Además de habilitar protocolos que garanticen una respuesta temprana es preciso  que  las escuelas cuenten con medios adecuados y en muchos  casos no es así. Se trata de un  problema difícil  de  abordar, pero  la misma  estrategia de  vigilancia y prevención que permite reducir el maltrato infantil debe aplicarse  ahora en  los  colegios  para afrontar el acoso escolar.

En las edades más tempranas el tipo de hostigamiento es físico directo y verbal, mientras que en el secundario se transforma en indirecto (murmuraciones, amenazas, robos). En el ámbito social, suele ser habitual el rechazo y el aislamiento y las burlas a través de redes sociales y en forma anónima.

El acoso escolar en la adolescencia tiene muchas caras. Puede comenzar con comentarios despectivos, pasar de las burlas a las amenazas, más tarde a la marginación del grupo y llegar al extremo de las agresiones físicas. Se puede dar uno de estos comportamientos o varios. O todos a la vez. Y repercutir seriamente a la salud mental de las víctimas. Investigaciones paralelas tratan de arrojar luz sobre las secuelas  de estos comportamientosen forma  de depresiones en la edad  adulta más temprana (a los 18 años) cuando se sufren  en la adolescencia (a los 13 años). Y plantea que el 29% de los casos  diagnosticados hunden  sus raíces  en la violencia  que  las personas vejadas  sufrieron a manos de sus compañeros de colegio.

“Se  observa  una  fuerte  relación entre la victimización en la adolescencia con el diagnóstico de cuadros depresivos a los 18 años, al margen de que estas personas  fueran  agredidas  en la infancia,  o de los problemas  emocionales o de comportamiento  que pudieran  sufrir, o de otras variables”, relatan los autores del trabajo: psicólogos, psiquiatras y especialistas en salud comunitaria de las universidades de Oxford, Bristol, Warwick y el University College London. Además, añaden que entre este grupo de personas, la probabilidad de mostrar tristeza patológica duplica  a la tasa media  de la población.

Las  agresiones  son  tan  variadas como crueles: sufrir robos, amenazas o chantajes, palizas o golpes, tener apodos humillantes o estar marginado del resto. También haber sido forzado a actuar en contra de su voluntad, difundir mentiras intencionadas u hostigamiento  en los juegos.

Los investigadores observaron que el 10% de las personas que más intensamente sufrían  el acoso  padecían procesos depresivos largos, de más de dos años de duración, algo que solo sucedía a un 4% entre quienes no habían sido agredidos. En el libro La violencia en las aulas se plantea ¿por  qué hay personas que sufren  secuelas  más o menos permanentes, como depresiones repetidas, mientras otros son capaces de sobreponerse a las humillaciones? Poder identificar los resortes que permiten a algunas víctimas superar estos hechos sin que les deje huella   en  sus  relaciones sociales mientras otras no  son capaces de superarlo y acaban anclándose en  la victimización, es algo que está muy relacionado con la soledad y la depresión.  Determinar qué  factores activan esta resiliencia, es uno de los aspectos más importantes a dilucidar por los psicólogos, especialistas en acoso escolar.

¿Qué hacer?

Si un padre sospecha de que su hijo puede estar sufriendo acoso debe ir al colegio para que los directivos y docentes les cuenten si han observado conductas de hostigamiento.

Nunca es recomendable esperar a que el problema se solucione solo, porque si no, va a incrementarse. También es necesario consultar con un profesional idóneo. Es importante atender los pedidos de ayuda de los chicos, escucharlos con atención sin juzgar su actitud, transmitirles que los adultos van a ocuparse sin dejarlos expuestos y explicarles que nada de lo que está ocurriendo es por culpa de ellos.

Una práctica que crece

El bullying es una práctica cada vez más común y, según los especialistas, comienza a producirse desde los 9 años. Una encuesta reciente en colegios secundarios del país, reveló que el 39,5% de los chicos sufre bullying por parte de sus pares.

Cualquier agresión entre niños o broma no significa hostigar al otro. Para que sea un cuadro de bullying debe ser una conducta que se sostenga en el tiempo o se repita varias veces, no una única vez. Además debe existir una diferencia de jerarquía o poder del hostigador hacia el hostigado y debe haber intención de dañar al otro.

Muchos padres creen que si su hijo está sufriendo bullying puede solucionarlo solo. Y no es así. “Decimos que el acoso es como una trampa en la cual si el chico no sale no es porque no quiere sino porque no puede. La mirada del adulto que no sólo acompañe sino que intervenga es fundamental para cortar la dinámica del acoso y poner fin a esta problemática”, aconseja Candelaria Irazusta, psicóloga infanto-juvenil especialista en violencia escolar y bullying, y directora general de Equipo Anti Bullying Argentina.

Otro error en que suelen caer tanto padres como directivos y docentes del colegio es en buscar al culpable del problema, activando nada más que conductas de defensa o ataque.

“Es necesario acompañar a la familia y a la escuela para que pasen del enfoque de la culpa al de la co-responsabilidad, para centrarse en las soluciones apelando al trabajo en conjunto”, dice Irazusta. Por otro lado, si un chico está sufriendo acoso es fundamental que los padres mantengan la calma y puedan trasmitirle seguridad y contención.

CÓMO DETECTAR UNA VÍCTIMA DE BULLYING

Según estudios recientes 4 de cada 10 niños sufren acoso en la escuela; sin embargo, muchos padres se dan cuenta de la situación que atraviesan cuando el problema ya es grave

El bullying puede provocar graves consecuencias en la personalidad de los chicos que lo padecen. Y uno de los agravantes es que suele pasar mucho tiempo antes de que los padres sepan que sus hijos están atravesando por esta situación; no es usual que los chicos les cuenten lo que les está ocurriendo. Algunas veces por miedo, otras por vergüenza, o incluso por estar bajo amenaza del niño agresor. Lo más importante es que los progenitores estén alertas a los cambios que podrían indicar acoso escolar.

En el comportamiento. En estas circunstancias, los chicos suelen estar muy irritables y mantenerse en este estado por períodos prolongados. Por eso aumentan las peleas con los hermanos o los berrinches, y son frecuentes las reacciones desmedidas por situaciones aparentemente inofensivas e incluso fuera de contexto. Es común que niños que inicialmente eran extrovertidos y sociables empiecen a manifestar un comportamiento pasivo e inhibido, así como conductas de aislamiento e indefensión. También pueden mostrarse más distraídos y asustadizos.

En el estado de ánimo. Uno de los síntomas más frecuentes es el incremento de ansiedad que los lleva a anticipar negativamente lo que va a ocurrir al día siguiente en la escuela. Esto puede reforzar el sentimiento de angustia e incluso degenerar en frustración y desesperanza.

De hábitos. Es frecuente que los chicos que sufren bullying empiecen a cambiar sus hábitos, por ejemplo dejan las actividades que solían hacer, o pierden los amigos que solían tener. También se observan cambios de hábitos en el sueño pudiendo manifestar insomnio de conciliación o de mantenimiento, y en la alimentación al manifestar ingesta deficiente o excesiva.

En el rendimiento académico. Pueden darse dos conductas polares. Existen casos en que los chicos, por excesiva ansiedad, tienden a estar constantemente preocupados, algo que impacta sobre su capacidad de aprender. Otros, en cambio, suelen mejorar significativamente su rendimiento académico como un intento de recibir la mirada y la protección de los adultos, quienes frente a un mejor desempeño del alumno suelen volcarse favorablemente hacia él.

Signos físicos. Pueden aparecer lesiones que no se explican como rasguños y moretones. También dolores de cabeza o estómago antes de ir al colegio debido al miedo que les genera.

Estar pendientes de las redes sociales. Prestan excesiva atención a Facebook o WhatsApp, y evitan que sus padres vean el contenido de los mismos.

Problemas con sus pertenencias. Pierden o aparecen rotos objetos personales como anteojos, la mochila, la lunchera o la cartuchera.

En casa y acompañados. Suelen aislarse en casa, y evitan salir solos. Piden que los acompañen por la calle o al entrar y salir del colegio cuando antes lo hacían solos.

Quieren faltar al colegio. Exponen diversas excusas para no ir a clases y simulan estar enfermo. No hablan espontáneamente de lo que les ocurre en la escuela. Evitan ir a campamentos, excursiones y cumpleaños. No hacen programas extra escolares y durante los fines de semana se quedan dentro de su casa.