Pepe Soriano

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Pepe Soriano

“QUIERO SER MEJOR PERSONA, NO EL MEJOR ACTOR”

Dueño de una estirpe única, Pepe Soriano sigue año a año entregando actuaciones para el recuerdo. A partir de “El Padre”,   una inteligente puesta en escena contemporánea sobre la vejez y la enfermedad, el actor encadena  pensamientos urgentes de un hombre sin edad, con los pies en el barro de su pueblo.

Yo digo que hay un tiempo  cronológico,   que  mide  en  días  y años el tiempo  de una persona; y luego hay un tiempo de la energía, esto ya pertenece a la física cuántica, donde uno no tiene edad hasta dónde responde  la posibilidad humana. Entonces uno puede tener 80 años, 30 o 100 y funcionar sin edad como en mi caso”, sentencia el actor Pepe Soriano con su más de medio  siglo de actor en teatro, cine y televisión, y sin perder entusiasmo prosigue, “el registro que tengo es la edad es mi cuerpo. Eso sí. Claro que no puedo hacer las cosas que  hacía a los 20 años,  ni comer  las cosas de los 40 años, pero a mis 80 puedo razonar, puedo  establecer contacto con pensamientos   diferentes,   mucho más jóvenes  que el mío,  así que me encuentro  en plenitud”,  afirma  quien noche  a noche  encarna con asombrosa  verosimilitud en la obra  teatral El Padre, a un anciano que empieza a ver cómo su realidad se des- morona a cada instante.

“Es la primera vez que trabajo sobre el deterioro físico de una persona en la vejez y cómo  afecta a las relaciones familiares”, enfatiza quien  brilla junto a Carola Reyna, Marina Bellati y gran elenco, en una arriesgada puesta de Daniel Veronese, y agrega quien viene de celebrar en el teatro, los 35 años  del  clásico  nacional  La Nona,“es una obra bastante complicada, un verdadero de- safío en mis años de profesión, que supimos llevar con el director hacia las posibilidades del propio anciano, sobre qué le pasa a una persona que llega a cierta edad y confunde personas y lugares”, sintetiza sobre  la pieza  presentada en  el  porteño Multiteatro.

-La obra también representa cier- ta visión sobre la vejez en el mun- do contemporáneo, ¿qué opina Ud?

-Eso es un hecho  muy conversa- do. Yo siempre digo que hace 60 años no existía el geriátrico, las personas moríamos en la casa, junto  con nuestros hijos y nietos. Cuando cambia  la forma  de vida, en el mundo moderno, no sólo en la Argentina, sino en el mundo entero, cuando aparece la tecnología y cambia  el ritmo  en la ciudades,  se vive más tiempo afuera de la casa, la mesa familiar  desaparece; en fin, todo  esto trae – aunque no lo parezca- un manejo distinto las relaciones en la sociedad con los mayores y con ello aparece el hogar  de ancianos. Esto  modifica  las posibilidades de la experiencia familiar  sin lugar a dudas,  colocando a los viejos afuera en el imaginario de los hogares familiares.

-Usted creció rodeado de sus abuelos…

-Yo recuerdo una realidad muy tierna, muy linda porque ellos fueron muy generosos conmigo.  Yo no he tenido en la infancia  la noción de la enfermedad de los ancianos. Si existió, no es como se entiende ahora, ni se conocía  lo que se conoce  ahora. Porque yo podría decir: mirá cómo el abuelo se olvidó y seguir conviviendo sin problemas. Ahora si el abuelo se olvida, una, dos, tres veces, hoy es un problema y se busca aislarlo.  Yo no me acuerdo que eso fuera un tema que escuchara siendo un chico. 

-¿Cómo tratamos a nuestros adultos mayores?

-En general, es una sociedad que pelea  por un lado por extender la vida, en la utopía de la búsqueda de la inmortalidad, y por otro lado restringe las posibilidades de vivir dignamente a partir de una determinada edad.  Hoy, por ejemplo, a los 40 años es muy difícil conseguir trabajo porque los avisos dicen “necesito personas con 20 años de edad  y con experiencia,  y me pregunto, ¿cómo es?.  O sea que tratamos más o menos  horrible a los adultos mayores. Sin contar los ejemplos mundiales donde hay una señora del Fondo Monetario Internacional que dice que los viejos son una carga para  la sociedad, que habría que olvidarnos de los ancianos, así que éste no es un buen momento para  los viejos.

DEL FRIGORÍFICO A LAS TABLAS

Imposible para  Pepe Soriano olvidar sus antepasados y en varias interpetaciones fue y volvió a esos paisanos calabreses. “Viví con mis abuelos, analfabetos, llegados  de Italia; buena  gente de trabajo que me enseñaron el valor del afecto,  la palabra y la amistad”, dice este hijo de inmigrantes, de clase humilde, que empezó una  carrera universitaria hasta  que el teatro, de la mano de Cunil Cabanillas, lo empezó a ilusionar con una carrera a fines de los años cincuenta, mientras trabajaba de corredor de un frigorífico y se codeaba con  los  grandes maestros del teatro como Juan Carlos Gené o Carlos Gorostiza.

Un derrotero que puso a Pepe en el sendero de la renovación teatral de los años sesenta junto a imprescindibles como  Carlos Somigliana, Ricardo Talesnik o Roberto Cossa, a la par que lo hacía conocido televisivamente con Don Berto, otra tanada genial que se coronaría luego con su versión en los escenarios. “Creo que de todos mis papeles, pienso  en  La Nona   e  incluyo al Alemán de La Patagonia  rebelde, elijo a Lisandro como  el personaje que más se acerca a mis ideales. Igual quiero recordar, en tren de hablar de hombres honestos, a Elpidio González, que fue vicepresidente de Hipólito Yrigoyen, y que pertenecía a la raza de de la Torre. Este hombre terminó después de ser vicepresidente de la Argentina vendiendo ballenitas en  la Diagonal  Norte  y  luego como  corredor de anilinas Colibrí. Cuando en esta empresa le preguntaron  cuánto  quería  ganar,  él respondió: el sueldo  más  básico. Lisandro, como Elpidio, con acierto y errores, nadie es perfecto,  luchó por la dignidad de la Argentina. Dijo una frase muy hermosa  para mí: “el capitalismo internacional no tiene bandera ni la necesita”. Más claro imposible.   Otra  vez le preguntaron: “¿Usted es un hombre de izquierda?”. Y entonces respondió, “dígame quién marca la derecha”, cierra el actor  que  interpretó también a este incorruptible político  argentino en la película Asesinato en el Senado de la Nación,  y al poco tiempo jugó el papel  del doble  del dictador Franco en el filme Espérame en el cielo, por el cual ganó el premio Goya en 1989. España lo quiere como un hijo, tras  la exitosa  serie de televisión Farmacia de guardia emitida en los años noventa.

HOMBRE DE FAMILIA Una curiosidad de la trayectoria de Pepe Soriano es que debutó en el teatro con un personaje femenino: un clásico  de  Shakeaspere y  quizás por  eso muchos lo identifican con sus inefables mujeres. La Nona es el personaje que ocupa el primer lugar, pero  también la entrañable madre que compuso junto a Luis Brandoni, en Conversaciones con mamá, hace algunos  años.

Dice el actor  que “mi acercamiento a lo femenino, desde una educación machista y tradicionalista, tuvo muchas dificultades. Me llevó mucho tiempo entender el mundo femenino del cual hoy  tengo  un  aprecio  entrañable. Me recuerda un texto de Ernesto Cardenal que describía la imagen de una mujer, allá en su pueblo, con un cabello negro, con unos ojos muy grandes, con una boca sensual, con un cuello de Modigliani, unos pechos turgentes, luego venía el ombligo,  y más  abajo  la fuente  de la vida. Esto  me dio mucho para en- tender un poco de las sensaciones y las imágenes que despiertan en mí las mujeres”, dice con un gesto  de picardía, digno de quien vive sus días rodeado de mujeres, Diana y su hija Victoria, en la misma  casa en que nació, en el barrio de Colegiales.

-¿Cómo es vivir en la casa que uno nació?

– Acá tengo  todos mis sentimientos, mis afectos  de niño, creo que no es muy difícil de entender que haya elegido  quedarme en mi casa. Vivo con los recuerdos de más de 80 años, acompañado por mis padres y mis abuelos, y por mucha gente  que pobló esta casa. Eso lo tengo  presente, es una huella,  y como huella  es también es marca. Yo digo que tengo  la suerte -y esto entra en una especie  de locura  personal- yo vivo con todos ellos, mi familia que ya no está, ¿y dónde está, entonces? Bueno, en las plan- tas, en las paredes, en el aire que respiro; hay una cierta  bonhomía que es la de ellos que me acompañan y me protegen.

-Además tiene vecinos ilustres…

-Claro,  tenía  vecinos notabilísimos como el poeta Raúl González Tuñón, con quien  compartía medianera, o sea que estos ladrillos exudan poesía.  Todos  esos re- cuerdos actualizan las nuevas  memorias  felices con Diana, con Victoria  y con mis otros  hijos y las familias que quedaron en España, y que gracias a las redes  sociales puedo ver y hablar con ellos bastante seguido.

– ¿Pepe tecnológico?

-(Carcajadas) No es mi locura,  no estoy todo  el día con el dedo  en el teléfono. Primero, porque no conozco la tecnología tan a fondo, esa es la verdad. Y en segundo lugar, lo uso para  lo mismo que lo usaba  hace 60 años, para  hablar con una persona. Además sigo creyendo fundamentalmente en este privilegio que tiene  la condición humana que es la palabra y el sonido  de la voz. Y no lo quiero reemplazar por ninguna prótesis tecnológica.

-¿La palabra lo decide a ser actor?

-Sí (se sorprende). Creo  que son muchos,  a veces hasta  innumerables y difíciles de plantear, los motivos.  Se puede hablar de la ambición, de omnipotencia que te da la fama actoral, otras  de las necesidades íntimas  de reconocimiento y la búsqueda del aplauso, que se va todas  las noches  como agua entre las manos  (pausa); esa es la verdad. Cuando te aplauden, uno siente  arriba de un escenario que te están  diciendo que te quieren, o algo agradable, o por lo menos  te dicen que te aprecian, que te respetan, que uno está ahí (silencio).

“Al ego lo tengo bastante dominado, lo tengo en un rinconcito” (risas), dice con humildad quien recibió  las mayores distinciones a su profesión, y sentencia; “supongo que los años me han dado la experiencia  de manejar mi vanidad, y la experiencia se aprende viviendo. La fama no me ocupa en lo más mínimo. La televisión e IBO- PE no me alcanza para nada (risas). No me llega, no me mido,  no tengo que  medirme por  minutos, ni  por hora;  hago lo que me gusta y tengo en claro que lo importante es poner- me al servicio de la gente. Nunca des- de la humillación, porque  nadie  lo merece y por eso encaro mi profesión con  la dignidad  del  trabajo”,  dice quien  es uno de los artífices  de sucesos en las ciudades adonde lleve sus “piruetas del alma”.

-En los últimos años se habló mucho de la misión de los artistas, del compromiso y la militancia con lo popular, ¿cuál es su opinión?

– Yo trabajo desde  un compromiso con el público.  Ahora bien, no es la única forma  de hacer  teatro o participar de un espectáculo. Supongo que cada uno tendrá su propia intención que me parece sumamente respetable. Yo voy por la mía que es trabajar a favor de la gente.  Entiendo, pero  no justifico, a la droga  y la entiendo porque es una enfermedad. Y creo que la risa, en algunos  casos, tampoco la justifico sino que la entiendo, es el rato  de divertimento absoluto que algunas  personas pueden necesitar frente a la inflación  que te come el bolsillo.

Y no estoy en contra de la risa ni del humor. Pero  la risa puede también concebir un pensamiento. Es más, estoy casi seguro  que detrás de la risa hay algo serio. Si no, pensemos en las obras  de Armando Discépolo o  Alberto Vaccarezza y veremos que podemos reírnos mientras pensamos seria- mente sobre  nuestros problemas y el futuro.

-¿El futuro aparece en las charlas con su hija Victoria?

-Así es y también con la convicción de trabajar por el prójimo. Yo soy presidente de la SAGAI (Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes) que tiene como lema el respeto y el trabajo. Aunque es un  granito de arena, allí trabajamos para  mejorar las condiciones cotidianas de los actores.  Porque los artistas no solo viven del arte  sino que necesitan las condiciones que aseguren su sustento o un médico  a mano.  Y nosotros estamos peleando por todos  esos beneficios.

-¿Qué aprendió José Carlos Soriano, Pirulo, de sus padres y abuelos?

-Aprendí a valorar más las conductas  que los consejos.  Los consejos no sirven porque muchas  veces están  muy bien elaborados pero lo que uno tiene  que mostrar son conductas. Y lo que yo tengo que mostrarles a mis cercanos, a mis colegas, es mi trabajo. Cuan- do me preguntan, ¿Usted enseña?, dijo que yo no tengo  escuela ni academia pero  también creo que enseño, ¿Cómo?. Mostrando trabajo arriba del escenario y conductas  en la calle.

-¿En qué cree, Pepe?

– En el amor al trabajo por sobre toda las cosas; algo que viene de mi condición y pertenencia a la clase trabajadora. Luchar, seguir luchando por esa pertenencia, no olvidar  el origen  de uno. Mi deseo es hacer  las  cosas de la mejor  manera en función  de que sirve a los demás.  Mi compromiso es con los demás  y mi objetivo es ser una mejor persona, no el mejor  actor.

La televisión que no miramos

“Hace 16 años me fui de la tele, me hinché, había y hay mucho olor a pescado podrido. No me representa una tira donde me pidan laburar de pizzero” dice con soltura Pepe Soriano quien se alejó del medio tras Doménico de Trillizos, ¡dijo la partera!, junto a Guillermo Francella, y que le valió un Martín Fierro –salvo su esporádica reaparición en el unitario 6 de Holocausto, en el 2006-. Sin embargo, en 2016 se lo volvió a ver por Telefe en la telenovela La Leona, algo que el actor resalta como “una experiencia lindísima porque me encontré con compañeros a quienes no veía hace años como Patricia Palmer o Miguel Angel Solá y poder darnos un abrazo con ellos. Con algunos tuve un contacto más reciente, como con Hugo Arana –ambos compartieron La Nona, versión 2015-; me pone muy feliz que aún se comente su actuación en los últimos capítulos”.

Soriano toma aire y emprende cual veterano artista, “También pude certificar que el tiempo en la televisión es oro. Y ese oro a no me sirve. Yo necesito tiempo; el teatro me da ese tiempo para elaborar una idea, aunque a veces me equivoque, pero al menos me deja intentar y crear. La televisión no da tiempo; urge. Es como si tuviera un enano adentro mío que me pega en la cabeza y dice “apurate, apurate, que no llegamos”. Y la pregunta es adónde, para qué, para quién.  Prefiero el termómetro de la gente cara a cara en el teatro”, concluye Pepe que volvió solamente por tres capítulos a la pequeña pantalla en el rol de un pequeño empresario, a los mismos set televisivos que atestiguaron su crecimiento actoral en aquel pionero y jerarquizado ciclo televisivo llamado Alta Comedia.

Un loro que no calla

“Recorrí mucho el país en una época muy difícil, entre 1975 y 1976, y recibí el afecto enorme de muchos argentinos del mal llamado Interior. Eso no existe, somos un país, señores!! Y si es cierto que el nuevo director del canal estatal dijo que las provincias -más bien parece que afirmó- que el interior no es interesante, digo que esto es una burrada enorme. Estoy en total  desacuerdo y quiero manifestarlo. Es una falta de respeto a la gente de mi país”, dice Soriano, quien agradece el afectuoso recibimiento de la gente del interior en aquellos años oscuros, de un exilio tierra adentro obligado por la dictadura, que en 1977 casi logra quebrarlo.

Pero su gente, sus compatriotas, estuvieron en cada pueblo, en cada ruta, celebrando el pan de la vida que generosamente ofrendaba al finalizar su recordado unipersonal El loro calabrés, un abrazo a las historias chicas que hicieron grandes al país.

“Tengo una anécdota muy linda que ocurrió en la provincia de Córdoba. Fui a trabajar allá en la época de la dictadura; recorría pueblos y recalé en la localidad de Justiano Posse. Allí se armó un grupo de gente que me acompañaba al teatro, me esperaba en el hotel y me alentaba con su compañía. Fueron tantos los que aglutinaron que se armó una caravana de automóviles hacia Córdoba Capital donde me agasajaron con una fiesta maravillosa.

¡Nunca había visto que los espectadores siguieran una gira!” (exclama).

“Sentí que era una forma de resistir a la barbarie a través del loro que representa la memoria y el trabajo”, argumenta Soriano. “Quedaron además gratos amigos de aquella época como Carlos Alonso, en Unquillo o como fue Daniel Salzano, un poeta cordobés increíble, que tuve la suerte de conocer”, dice.

El veterano actor abre y cierra los ojos, emocionado. “Soy un defensor permanente, hasta el final, de la gente de mi país. No tengo derecho a elegir color ni religión, ni elegirle nada a la gente. Es mi gente y soy parte de ellos. Lo repito en cada final de la obra teatral El loro calabrés que me llevó por el mundo y que espero reponer.

Tenemos que entender la importancia de convivir en paz y ojalá que seamos pan algún día. Tal es el remate de mi unipersonal que quizás algunos tilden de utópico, pero es una aspiración humanista que muchos tenemos, pese a las oscuridades y mezquindades de la condición humana. Es una aspiración legítima hacia el futuro compartido”, remata.