“Nunca olvido la niña que fui”

“Nunca olvido la niña que fui”

adrianaAdriana  es una de las artistas más queridas por las familias y recorre todo el país con un musical que reúne los temas que los niños cantan de memoria. Opiniones de una artista que lleva a la maestra jardinera a todas las salas y pone el foco en cómo educamos a nuestros hijos. “Los papás estamos ocupados en darles lo mejor, pero ¿qué es lo mejor para ellos?”. Una pregunta sincera que invita a reflexionar.

“En el camarín llevo un pedacito de mi historia que me recuerda quién soy”, confiesa Adriana Szusterman, la popular cantante que llega al corazón de tantas  niñas y niños, y agrega señalando un panel repleto de amores en imágenes, “el camerino es un lugar muy especial donde me preparo para una fiesta con los chicos y los grandes, así que llevo muchas fotos en un cartel, entre ellas mis abuelos, que vinieron escapando de una guerra. Ellos son mi guía. Ni siquiera conocían el idioma y nos dieron un techo. Para mí son el ejemplo de todo lo que se puede lograr cuando uno le pone todo el amor y las ganas. También sumo fotos de mi familia, de mis hijos pequeños, mías de cuando era chiquitita. Porque nunca olvido la niña que fui”, dice la creadora de un estilo en donde confluyen los clásicos infantiles, de grandes autores como María Elena Walsh, con nuevas composiciones propias.

“Cuando mis papás decían eso de que ‘cuando seas grande ya vas a entender’, a mí me daba mucha bronca”, explica Adriana instalada en la oficina de su productora, rodeada del vestuario y la escenografía de su nuevo espectáculo, Cantando con Adriana, El Musical. Ella recuerda: “yo lo quiero entender ahora, decía, explicame con lo que puedas, no quiero esperar a ser mamá. Y juraba que cuando sea grande recordaría que para una nenita de cuatro años, una muñeca rota, su hijita de la imaginación, es el problema más importante de su vida. Por eso les digo ahora a los papás que si quieren educar chicos respetuosos empiecen a escucharlos, a respetarlos”, acota Adriana, seria y convencida.

Creció en el barrio porteño de Palermo rodeada de abuelos y primos, jugando a ser maestra y directora de teatro, en días de “mucha felicidad, mucha paz, ese momento que paraba el mundo, todos dejaban de trabajar y se dedicaban a la familia. Se armaba el ritual de preparar la mesa  del mediodía y los juegos de la tarde, mate y bizcochitos por medio, donde se enganchaban los grandes y los chicos”, refiere.

  • ¿Aquel retrato de familia fue el nacimiento de la Adriana artista? – Allí nacen más bien los valores que me acompañan en mis espectáculos. Aquellos que son mi mamá diciéndome que en vez de un juguete compraba las zapatillas para mi hermano porque las necesitaba.  O cuando ella nos llevaba al hospital de niños  para ayudar. Ahí empezó  Adriana, ahí empezó mi corazón solidario que no puede mirar para otro lado cuando un niño necesita algo.

-Es algo inusual observar en sus redes sociales la cantidad de mensajes personales, ¿se pregunta Usted el por qué?

A mí me conmueve mucho lo que escriben en las redes sociales. Y más porque nunca tuve un programa de televisión. Hace tres años abrimos facebook y ya tenemos más de 322 mil seguidores de todo el país y del resto del mundo.  Me mandan chupetes desde Israel; maestras de Estados Unidos me cuentan que usan mis canciones y libros para enseñar el idioma, docentes de enseñanza especial que se apoyan en mis videos para estimular a sus chicos.

-Eso es muy común, ¿no?

-Antes me preguntaba lo mismo y algunos decían que mi don era el tinte de mi voz.  Ahora no pregunto nada, si estoy en este lugar para ayudar o sanar, aquí estoy como un instrumento. En mi carrera se fueron dando las cosas, sin que tenga un productor ni un acomodo en los medios de comunicación (risas), remándola, a pulmón, creyendo en los sueños, cayéndome mil veces, con miles de problemas.

– Admite que ese fue su destino…

– Así fueron dándose las cosas. De verdad, ésta es mi vocación absoluta, y no es que esa vocación ‘apareció’ de repente unas vacaciones de invierno para zafar con algo hecho para los chicos (mirada cómplice). No, yo siento que soy una consecuencia de trabajar bien cada detalle, desde las canciones hasta la escenografía. Aprendí a decir que no a grandes empresas porque sentí que no les importaban verdaderamente los chicos. 

Pepe, un sapo prohibido

La niña de Palermo que jugaba con el cepillo frente al espejo cumplió uno de sus primeros sueños cuando empezó a trabajar como maestra jardinera, mientras continuaba formándose en educación y música.  A mediados de los años noventa, y en su trabajo en el jardín Amapola, surge la idea de actualizar el cancionero clásico infantil, con nuevas ideas y arreglos actualizados más la participación inédita de los mismos alumnos, y en pocos años llegan a las bateas, tres discos que se convierten rápidamente en discos de oro.  Luego vino la época de la producción independiente en Cantando con Adriana, con platea completa en teatros de la famosa calle Corrientes y decenas de discos de la mano de un sapo al que ahora tiene prohibido cantarle.

“Debo ser la única cantante que tiene prohibido cantar una canción”, afirma Adriana luego de que la autora del Sapo Pepe, en 2009 no le permitiera interpretar al querido animalito que salta y salta, pero que sirvió para que de alguna de manera ella pudiera potenciar su contacto con la audiencia.  “Después empecé a entender que esos problemas aparecían por alguna razón, y que yo iba a aprender un montonazo de esa situación adversa. Comprendí que había un plan para mí. Y cuando eso pasaba hasta esas piedras del camino me sonreían y me potenciaban. Pero lo aprendí sobre la marcha, no es que la tenía clara, después de enojarme y llorar, de preguntar qué es esto tan bizarro que me prohiban cantar una canción. ¿Qué era eso? Y también aprendí aq seguir en mi sintonía”, rubrica la artista, que fue reconocida por el Congreso de la Nación en el 2008, por sus aportes a la educación.

“A veces los otros te pellizcan para entrar y una tiene que saber que existen metas propias. Me prohibieron eso y me llevó un tiempo acomodar mi cabeza junto a la gente que me decía que no era sólo una canción”, concluye Adriana, que al momento tiene más de diez discos editados, muchos de platino, y una seguidilla de salas llenas en todo el territorio argentino.

– ¿Ud. es creyente?

No tengo formación religiosa. Yo creo en Dios pero en el Dios universal del amor, no el que divide a las personas. Tengo la sensación en mi corazón que hay algo más allá. Y siento que estoy entre el cielo y la tierra cada vez que canto para los que tengo delante y para los que ya no están y siento sus presencias. No lo suelo contar esto porque son cuestiones muy personales pero lo que siento, lo siento, y lo que vemos con mis compañeros es muy fuerte. No es que yo lo busqué, sino que son señales que llegan a mí. Y bueno, tengo las fotos de muchos angelitos que han partido, Antonella hace poco (se emociona), y sé que a través de mi voz llevé un poquito de alegría a ellos en momentos difíciles.

-Parte de sus compañeros de trabajo son su familia, ¿puede separar casa y trabajo?.

No siempre es fácil ya que se mezclan las cosas todo el tiempo; a veces sería mejor separar, pero tampoco somos tantos. Tengo dos personas trabajando conmigo, además de mi hija (Julieta) y mi marido (Sergio), y le contestamos a cada persona que nos contacta por los redes. Esto creció mucho desde que empezamos por nuestra cuenta allá por el año 1999.  Es que realizando entre 70 y 100 shows por año en salas teatrales con lleno total, más los presentaciones al aire libre que pueden sumar 100 mil asistentes, como sucedió en Mar del Plata este año, es enorme la cantidad de personas que vieron mis shows, sin contar los videos online.

-¿Cómo encaran cada nueva producción?

– Trabajamos sobre la idea de qué es lo que la gente espera de mí como artista. En una primera etapa dejo que fluya la idea, en dibujos o palabras, lo armo como una receta de cocina, con papelitos de colores, lo que me gustaría brindar, imnaginar lo que la gente quiere de mí, más allá de la sorpresa y la emoción. Es una gran responsabilidad ganar la confianza de las familias. Y sobre todo yo respeto esa gran bendición de formar parte de su tesoro más preciado: sus hijos. 

La tentación de la tele

Con tanta exposición mediática, pese a no contar con una gran presencia televisiva (en alguna época fue tentada por la factoría de Marcelo Tinelli) la televisión podría ser una asignatura pendiente. No lo es en el caso de Adriana. “No sé qué pasaría con los tiempos de la tele. Tuve un experiencia muy chiquita el año pasado siendo jurado de ArgentiniñosCanal 9- y me encantó el lugar que me dieron desde la producción. Me escucharon y adaptaron un montón de cosas que yo sugería respecto de los contenidos; por ejemplo: no puede haber ganadores y perdedores, son niños. Pude darle el tiempo a cada chico, y en cada devolución la atención de hablarle a un chico que venía con la ilusión de mostrar lo que sabe. No sé qué pasaría conmigo en la televisión pero pienso que podría potenciar mucho mi mensaje basado en valores humanos y en la solidaridad, así que estoy abierta a las propuestas”, dice quien llegó a competir en los Grammy Latinos por su CD Mi corazón en el jardín.

En la ruta con un nuevo espectáculo (ver recuadro), Adriana propone nuevamente un espacio donde los adultos y niños puedan compartir sin renunciar a las diferencias y roles.

La cantante se empeña en aclarar que “no solamente trabajo para los niños. Cuando leo o interpreto lo que dicen los papás, ellos confiesan que no sólo acompañan a sus hijos en mis espectáculos, sino que lloran y se emocionan porque sienten que vuelven a su propia esencia de niño. En cada espectáculo rescato valores sano, muy importantes en estos tiempos. Por ejemplo: Hay una escena en que lo invito a mi papá a cantar. Este año salió “La canción de los abuelos”, que es un tango que escribieron mi papá y mi hermano en homenaje a mi abuelo.  Y es tremendo lo que sucede (silencio) porque revalorizarlos así  en una sociedad que a veces lo margina, es muy importante. En ella, abro mi intimidad y muestro cómo soy con mi familia y eso provoca que muchos en la platea llamen o recuerden a los abuelos. Me gusta rescatar la sabiduría de los mayores, las memorias de los abuelos que nos marcaron en la vida”, señala.

-También desde hace unos años incorporó a su hija como cantante y coreógrafa, ¿qué quisiera enseñarle?

Ella está a un paso de su primer musical y es un orgullo cantar a dúo “Cuando mami era chiquita”.  Y quisiera transmitirle a ella y  a Martín, que estudia para maestro, que  no deben esperar que vengan a buscarlos, no esperes que el país y el mundo sean perfectos para salir; nada ni nadie es perfecto. Cada uno, a su manera, puede y hay que confiar. 

-¿Maestro? Igual que usted…

Martín es mi cable a tierra; aprendo muchísimo de mis hijos. Una de sus mejores frases, cuando era chiquito y me veía enojada era: no te pongas así, que no podés rebobinar la vida, y yo me quedaba helada. Pensar para adelante. Hoy en día me mira a los ojos y ya sabe qué me pasa.

– ¿Los padres podemos aprender de nuestros hijos?

-Los chicos te enseñan que los adultos no tenemos las respuestas para todo. Está bueno decirles que uno no sabe y que entiende su frustración o tristeza. No es bueno contestar porque sí, porque somos adultos y creemos que las sabemos todas. Mamá y papá tienen que aprender; es mejor decirles: lo voy a pensar y te contesto, antes que sacárselos de encima con cualquier respuesta. Y mirarlos a los ojos de verdad.

Los niños, nuestro reflejo

Adriana pone la atención más que en un diagnóstico de los niños, en una radiografía de lo que significa ser padres hoy. “Los chicos son el reflejo de la locura que vivimos los padres. Siempre estamos corriendo para ganar una carrera que no sabemos cuál es, ni para qué ni contra quién; como si eso te garantizara la felicidad. Siento que estamos perdiendo la felicidad que está frente a nuestros ojos. Involucramos a los chicos en una vorágine incomprensible y luego nos preguntamos por qué son  hiperquinéticos. La respuesta es obvia. Muchas veces siento la necesidad de que paren el mundo porque lo que veo no me está gustando”, afirma.

-Siendo mamá, ¿cómo hizo usted para bajarse del mundo?

-Primero, mirando de verdad a mis amores más cercanos: mis hijos. Algunas amigas me recriminaron que cambiaba a mis hijos de una escuela privada de jornada completa a una pública de media jornada. ¡Fue porque no me gustaban los ritmos modernos que desarman las familias!. Son tantos años de escolaridad intensiva que terminamos viendo a los pequeños apenas un rato a la noche, o casi nunca. Yo los depositaba en el colegio temprano y los veía recién en la cena, o sea que me perdía la infancia de mis hijos. Y quise transformarlo; no sé si me equivoqué, pero siento que lo que se hace con amor no falla.

– ¿Tuvo resistencia de su círculo cercano?

-Me decían que si cambiaba a los chicos de colegio ellos se perdían las clases de inglés en el jardín de infantes. ¡Por favor, si sólo tienen tres años y quieren jugar y dormir la siesta!

-También es un problema para los docentes…

Sí, pero lo importante es que los papás necesitamos contención. Que alguien nos pare, nos contenga, volver a algunos valores que se perdieron como la solidaridad, el diálogo, el esfuerzo compartido. Los papás no lo vemos porque estamos ocupados en darles lo mejor a nuestros hijos, pero me pregunto ¿qué es lo mejor? Cuando nos damos cuenta que ellos son su propia voz y tienen sueños increíbles por cumplir, te los perdiste!

 

El ángel de Adriana

Una vida puede cambiar con una llamada telefónica. Algo de eso sintió Adriana cuando Make a Wish, una fundación que ayuda a niños con enfermedades terminales, entre otras acciones solidarias, se contactó con ella por una niña de tres años con leucemia.

Así nació Botiquín para el alma, su plataforma de iniciativas para los más chiquitos. “Esa pequeña fue quien abrió el botiquín (silencio)”, dice señalando una imagen que la sigue en cada presentación que hace. “Ella se llamaba Juli y la mamá me contó -a través de la fundación- sobre la gravedad de su estado de salud. Me impactó mucho la idea de ir a cantar a un hospital; nunca se me había ocurrido. Me puse a disposición pronto y fui con la guitarra y mis muñecos a una habitación donde encontré una nena muy enferma pero que estaba feliz; era una nena sonriente. Ella y su mamá me enseñaron que el alma de un niño no se enferma, que lo que más necesitan ellos es llevar alegría a su corazón. Juli me cambió la cabeza, el corazón. Ella es el ángel de la guarda que llevo como un tatuaje en su honor y tuve muchas señales de su presencia luego de su partida de esta tierra. A partir de ahí empecé a creer”, dice la cantante que también colaboró con diversas instituciones, los hospitales de Clínicas y Gharrahan de Buenos Aires o Missing Children y Greenpace, y es una de las voces más solicitadas en el acompañamiento de los niños con autismo.

“Tengo un montón de anécdotas como aquel pibe que no tomaba la leche en su camita de hospital porque le daba “asco” y que, luego de hablarlo con los médicos, conseguí que le pongan una cucharada de chocolate. Unos meses después vino el teatro, completamente curado, al grito “soy el nene de la chocolatada”. Lo primero que debemos hacer como padres es escuchar a nuestros hijos, sus problemas son importantes”, acota Adriana con la satisfacción de la tarea cumplida al tiempo que recuerda: “unos meses atrás, al final de la función, una mujer en Rosario me cuenta que su hija no habla aunque sí canta mis canciones. Yo me arrodillé en la vereda junto a la nena de unos cinco años más o menos, me miró sonriente, y empezó a cantar. Nos abrazamos las tres y lloramos”, cierra con una lágrima a punto de caer, esta artista nombrada como “Patricia de la Humanidad Solidaria”, una distinción que otorga la OMHS (Obra Mundial Pro Humanidad Solidaria) en reconocimiento al trabajo solidario y el compromiso con la niñez.

 

El jardín por el país

Cantando con Adriana. El Musical sigue en gira confirmando el fuerte vínculo entre la cantante y las familias argentinas. Sapo Poing Poing, Sapa Pepa,  el gatito Michu, el perro Timoteo, Pimpón, Cholito, el Robot y otros muñecos y títeres interactúan con Adriana y sus bailarines y el escenario se convierte en un gigantesco jardín de infantes sin edad.

“Manos divertidas”, “Ronda de conejos” y “Poing Poing salta, el sapo de los chicos”, entre otros éxitos infantiles, se entrelazan en una lista arrolladora que surgió de una convocatoria por las redes sociales para que la gente elija su canción y personaje favorito”, señala la cantante respecto del nuevo show que sucede al exitoso Cajitas de sorpresas. “Es que más allá de las sorpresas que siempre preparo, me interesa saber qué tiene ganas de ver el público. Entonces recreamos este mundo con una escenografía muy linda que hace que yo siga jugando como una niña más. En la nueva temporada, por primera vez tenemos una pantalla gigante con dibujos animados de mis personajes”, adelanta Adriana entusiasmada mientras observa bocetos en su taller ubicado en el barrio La Paternal.

Ella tiene mucho interés por llegar a cada rincón argentino porque “cuando viajo al interior advierto con gusto que hay tiempos, distintos a los de Buenos Aires y allí la infancia, afortunadamente, se prolonga. En la Capital Federal vienen niños al teatro de 0 a 7 años. En las provincias, en cambio, el público es de hasta 12 o 14, lo que me hace pensar que hay tiempos para crecer que se están violentando. ¿Por qué los chiquitos consumen programas que son para adolescentes y sus papás los visten como ellos?. Esos chicos lo pasan mal; en especial las nenas de 10 o 12 años”, remata una Adriana más mamá que nunca.