Mi otra mitad

Mi otra mitad

amorTodos nos enamoramos alguna vez, pero…  ¿qué es el amor?, ¿dónde se origina?, ¿qué pasa en nuestra mente y en nuestro cuerpo cuando nos enamoramos “perdidamente”?

Desde el principio de los tiempos los poetas escribieron versos exultantes sobre el amor, los cantantes le cantaron al amor y con el paso de las décadas,  a su alrededor creció  una industria dedicada a encontrarlo, expresarlo y conservarlo. Cuando nos enamoramos, el corazón late un poco más rápido y el cuerpo empieza a producir hormonas, que nos hacen sentir un poco mareados y calentitos por dentro. Es complejo entender qué  nos pasa, pero estos son algunos de los procesos biológicos que ocurren cuando se ingresa en las primeras etapas del amor, o del enamoramiento.

Muchas regiones cerebrales se activan y la concentración de hormonas aumenta al estar con una pareja o al pensar en ella. Aunque es difícil de definir, el amor romántico abarca el desarrollo de un fuerte vínculo emocional –conocido como “apego”–, la atracción sexual y los cuidados. Los “enamorados” experimentan una serie de sentimientos intensos, como los pensamientos intrusivos, la dependencia emocional y un aumento de la energía, aunque estos sentimientos suelen limitarse a las primeras fases de la relación.

Parece que el amor romántico es universal, pero la manera e intensidad con que se expresa puede variar. Si se examina la evolución del amor en el reino animal, queda claro que el amor se originó mucho antes que la humanidad. El viaje hacia el amor, tal como lo conocemos hoy, empezó con el sexo, una de las primeras cosas que los seres vivos aprendieron a hacer; el sexo fue la manera de pasar los genes de un organismo a la siguiente generación. Para amar, los organismos vivos necesitaban primero un cerebro que pudiera lidiar con las emociones.

Cerebro y hormonas

Según sostienen los antropólogos científicos, existen regiones muy antiguas del cerebro que se activan cuando nos enamoramos. Los cambios en el cerebro para “mantener juntas a la pareja para toda la vida” podrían haber sido el momento crítico de la evolución humana.

Las regiones cerebrales, en particular las relacionadas con la recompensa y la motivación, se activan cuando pensamos o estamos junto a nuestra pareja romántica, entre ellas el hipocampo, el hipotálamo y el córtex del cíngulo anterior. La activación de estas áreas puede servir para inhibir el comportamiento defensivo, reducir la ansiedad y aumentar la confianza en la pareja. Además, se desactivan áreas como la amígdala y el córtex frontal, un proceso cuya función posiblemente sea reducir la probabilidad de la aparición de emociones negativas o juicios sobre la pareja. El grado de activación cerebral durante las primeras fases de una relación romántica parece que influye tanto en nuestro propio bienestar como en qué medida la relación es un éxito o un fracaso. Es decir que la felicidad, el compromiso con la pareja y la satisfacción con la relación tienen que ver con la intensidad de la activación del cerebro.

La oxitocina y la vasopresina son las hormonas más estrechamente asociadas al amor romántico. Las produce el hipotálamo y las libera la glándula pituitaria. Si bien ambas influyen tanto en los hombres como en las mujeres, ellas son más sensibles a la oxitocina, y ellos, a la vasopresina.

Las concentraciones de ambas hormonas aumentan durante las fases intensas del amor romántico, actúan sobre numerosos sistemas del interior del cerebro y sus receptores están presentes en diversas áreas cerebrales relacionadas con el amor romántico creando sensaciones placenteras muy gratificantes. Esas vías están relacionadas también con el comportamiento adictivo, que tiene que ver con la conducta obsesiva y la dependencia emocional que sucede normalmente cuando el amor romántico está en su fase inicial.

Etapas del amor

El amor es difícil de definir, pero los neuro científicos están de acuerdo en que hay varias etapas entremezcladas.

La primera es la del deseo sexual: nos sentimos atraídos por la otra persona. Tocarla nos hace sentir bien y experimentamos unas ganas enormes de estar con ella. A medida que el deseo da paso a otra etapa, la del amor romántico (el sistema límbico bombea dopamina y la hormona oxitocina) consolida a la pareja. Esta progresión implica que el intenso placer de la etapa del deseo sexual puede llevar directamente al amor.

Al mismo tiempo, se suprimen otras zonas más avanzadas del cerebro. Por ejemplo, la ciencia ha demostrado que algunas partes del córtex pre frontal se desactivan. Esta es un área que participa en las decisiones racionales. En esta etapa, estamos literalmente “locamente enamorados”. Las personas enamoradas no procesan el mundo a su alrededor ni evalúan críticamente a la persona. La serotonina, que nos ayuda con frecuencia a sentirnos tranquilos, también se suprime y eso explica cómo nos podemos obsesionar cuando nos enamoramos.

¿Qué pasa después? Una vez cumplida esta etapa, las parejas no siguen vinculadas en un estado tan intenso y obsesivo durante mucho tiempo. Ahora los niveles de serotonina y dopamina se normalizan, pero persiste un sentimiento de cercanía, ayudado por más oxitocina. Los vínculos en las parejas que llevan mucho tiempo juntas son similares a los de una madre y su hijo y dependen de procesos hormonales similares. Tanto en animales como en humanos, la ciencia advierte que la separación de un ser querido crea sentimientos similares de dolor emocional que parecen tener raíces en la historia de la evolución. 

El mito de la media naranja

Tal vez uno de los relatos más famosos sobre el amor sea el de la búsqueda de la “media naranja”, la idea de la existencia de otra persona que en algún lugar nos está esperando y cuya presencia completaría la nuestra. El amor, entonces, se constituiría en la búsqueda de esa otra mitad necesaria para alcanzar la perfección del amor.

Pero el otro tendría que ser exactamente igual a uno; casi una proyección nuestra en el otro. El problema es que siempre hay un otro y la idealización de esa otra mitad idéntica termina con una violencia proyectiva que disuelve la diferencia para hacerlo encajar en el ideal de pareja propio.

Es interesante volver al mito que parece haber dado origen a este relato (desarrollado por el personaje Aristófanes en El banquete, de Platón).  Aristófanes cuenta que en su origen el ser humano tenía forma esférica, como si fueran los cuerpos de dos individuos unidos entre sí con una cabeza, pero con todos los órganos duplicados: cuatro ojos, dos bocas, cuatro brazos, cuatro piernas, dos genitales (tres combinaciones sexuales). Las esferas eran muy poderosas, tanto que desafiaban todo el tiempo a los dioses. Zeus se cansó y, para maniatarlas, decidió partirlas por la mitad. Las mitades comenzaron a morir de ausencia, pero Zeus -un poco conmovido- inventó el amor para que cada mitad sobreviviera buscando por el mundo a la otra, incluso sabiendo que la restauración de su naturaleza original es imposible.

Este mito, un poco más sofisticado, tampoco resuelve los problemas, ya que no se corre de la idea de que estamos más pendientes de hacer encajar al otro en nuestra falencia que de poder relacionarnos con su diferencia. Este ideal del amor supone que el amor es definitivo (la otra mitad nos cierra para siempre), que es exclusivo (solo hay una otra mitad para cada uno), que es pleno (una vez alcanzado el amor, ya no hay problemas), que es una fusión (se pierden las diferencias en pos de una unidad superior).

Todos estos rasgos hacen al ideal romántico del amor como búsqueda de la otra mitad. Una mitad que nunca es real, sino la proyección idealizada de una persona  convencida  en hacer del otro, algo a su medida.

El amor y la pérdida

El amor romántico puede cumplir una importante función evolutiva, por ejemplo, aumentar el apoyo parental disponible para la posterior descendencia. Sin embargo, lo habitual es que los humanos generamos una serie de relaciones en la búsqueda de “la persona”, y la pérdida del amor romántico es frecuente, ya sea por la ruptura de la relación o bien por el fallecimiento del otro. Aunque la pérdida sea desoladora, la mayoría de la gente es capaz de superarla y seguir adelante. Son menos las  personas que viven la pérdida por fallecimiento del ser querido, desarrollando sentimientos dolorosos recurrentes y obsesión con la pareja desaparecida, aunque nadie es ajeno al dolor en respuesta a estímulos relacionados con la pérdida (como mirar una  fotografía o recordar momentos de intenso romanticismo en la relación).

 

Un ex…¿un amigo?

Cuando sobreviene una  ruptura sentimental,  el cerebro reacciona generando un estado de tristeza y síntomas de abstinencia (ansiedad, obsesión e incluso dolor físico). Esto sucede en la persona que sigue queriendo a la otra durante ese tiempo de carencia afectiva, de tristeza y de añoranza de la persona amada, que es un deficiente funcionamiento de la comunicación neuronal.

Como siempre, los profesionales indican qué hacer para superar estas rupturas, que parece que ni el cerebro ni el corazón quieren aceptar.

Eliminar los mails y los mensajes de esa persona  y guardar los recuerdos en una caja al fondo de un armario (lo ideal sería deshacerse de ellos).

– Evitar cualquier tipo de contacto, porque hasta que no se lo olvide no podrá ser su amigo.

– Pensar una frase corta optimista a la que recurrir cuando se recuerde a esa persona, para desviar la mente. Puede ayudar pensar en alguien nuevo, y si aun así vuelve a evocar a su ex pareja, no se aferre a lo positiv de la relación. Recuerde que también hubo momentos grises.

– Mantenerse ocupado. Salir y estar activo es fundamental para el cerebro.

– Probar nuevas experiencias. La novedad estimula la liberación de dopamina, lo que hará sentir más optimismo.

– Hacer ejercicio. La actividad aeróbica también libera dopamina y serotonina, que ayudan a calmarse.

– El tiempo es un aliado. Cuanto más tiempo pasa tras la ruptura, la región del cerebro vinculada con los sentimientos de apego muestra una menor actividad. Con el tiempo, el apego se desvanece.

– Rendirse, jamás. Si el tiempo pasa y continúa en estado de duelo, buscar ayuda profesional, pero ‘no tirar la toalla’. Llegará el día en que ya no se piensa en esa persona y estará liberado.