La fuerza de las mujeres mayas

La fuerza de las mujeres mayas

cultura-mayaDurante muchos siglos, tejer fue una actividad fundamentalmente femenina en México, Guatemala, Honduras y demás países de Centroamérica. Para los mayas, las telas y los tejidos constituyen el núcleo de identidad de la mujer y una fuente del sustento familiar. Pero las nuevas generaciones buscan perpetuar su orgullosa identidad, intentando corregir graves desigualdades que afectan a las niñas y jóvenes mestizas e indígenas que luchan por sus derechos. 

La importancia de tejer y de fabricar tela está expresada en el arte de los antiguos mayas, donde las imágenes impresas en su vestimenta abundan en figuras de dioses, naturaleza, animales y plantas. Los intrincados patrones de tejidos y bordados fueron registrados con cuidadoso detalle en muchos monumentos y vasijas de cerámicas. En la cultura maya, el tejido simboliza el proceso de creación de vida de una mujer al alumbrar un hijo. Así lo evidencia el hecho de que, la más importante deidad femenina maya, la Diosa de la Luna, sea quien rija conjuntamente la sexualidad, la fecundidad, el tejido, la fertilidad de la tierra, las aguas y la medicina. En la cosmología maya se considera a las tejedoras de telar de cintura como Madres de la Creación y por lo tanto, tejer es un acto sagrado, que reactualiza el mito de la creación, dada la profunda correlación entre el acto de tejer y la fertilidad femenina.

Son pocos los vestigios que se conservan de tejidos o textiles antiguos de vestimentas o mantas con las que se envolvían los cuerpos de los monarcas y nobles fallecidos por ser éstos de origen orgánico y fácilmente degradables en regiones de clima cálido y húmedos donde se asentaron los distintos pueblos de la cultura maya. Mucho de lo que se conoce de los diseños que se empleaban en la fabricación de sus textiles proviene de la cerámica y la pintura.

Las mujeres mayas vestían de diferentes maneras de acuerdo a su condición social y jerarquía, sin embargo la pieza elemental era el denominado huipil o hipil, que no es otra cosa que un vestido largo y ancho que cubría sus hombros y llegaba hasta por debajo de las rodillas. Debajo de este hipil utilizaban una falda que complementaba el conjunto. Otra pieza muy utilizada fué el sarong que era un vestido recto sujeto a la altura del pecho, dejando los hombros al descubierto. Una variante de este tipo de vestimenta era el quechquemitl que consistía en una especie de blusa abierta que cubría los hombros y el pecho complementándose con la falda cruzada. Por regla general las mujeres nobles eran quienes vestían de manera suntuosa llevando pesadas vestimentas adornadas de perlas y varillas de jade. Su vestimenta se complementaba con cintos y adornos que representaban elementos cosmogónicos, tales como serpientes y jaguares.

Antiguos símbolos y nuevos derechos

La población actual en las aldeas rurales de Guatemala que no sobrepasan los mil habitantes, son mayoritariamente de origen indígena y en sus calles se ven niñas que llevan cestas en la cabeza, hablan y  susurran en dialecto achí y en el aire permanece el aroma de las tortillas de maíz. Una de ellas es Rosmery. Tiene apenas 19 años y como otras mujeres mayas de esta región central de Guatemala, viste un colorido huipil -la prenda bordada característica de la tradición indígena achí-que le tejió su madre durante meses. Pero los tiempos cambian y es notable la discriminación que sufre la población indígena —el 41% de la población de Guatemala— en la actualidad, por eso sus padres decidieron que no le enseñarían a su hija desde pequeña a hablar achí y no la vestirían con el traje típico para hacerle la vida más fácil aunque borraran sus señas de identidad.

Sin embargo, fue ella la que se empecinó en reivindicar su cultura y volver a sus orígenes. Aprendió a hablar en la lengua de sus antepasados y comenzó a usar las prendas que su madre y hermanas tejen en los telares de cintura, entrelazando hilos que dibujan montañas, ríos, valles, lagos o volcanes y que condensan la cosmología maya, que es la forma de entender el mundo de este pueblo. A diferencia de otras niñas de Guatemala, sus padres, una tejedora y un guardia de seguridad, siempre apoyaron su educación y como estudiante indígena, tuvo que enfrentarse a la discriminación, incluso dentro de su familia. Al terminar el colegio secundario, y aunque la mayoría de sus compañeras ya habían abandonado la escuela, Rosmery decidió estudiar secretariado bilingüe, aunque para ello tuvo que trabajar limpiando una iglesia. Su decisión la obligó a dejar su aldea para vivir lejos de su familia, lo que generó duras críticas de sus tíos y primas que consideraban que por ser mujer no necesitaba seguir estudiando.

Los obstáculos para una joven indígena en Guatemala son muchos: la mayoría de ellas no hablan bien el castellano y por eso no pueden seguir las clases en la escuela primaria y la secundaria; además, los indígenas tienen vedado el ingreso a ciertas instituciones educativas privadas de ese país.

Uno de los primeros obstáculos que enfrentó Rosmery fue la advertencia institucional de que no podía asistir a las clases vestida con huipil, por considerarlo una prenda atávica, sin embargo ella alzó la voz para defender sus derechos e insistir en su decisión de no cambiar su forma de vestir para poder estudiar, argumentando tener los mismos derechos, sin importar la etnia, el vestido o la clase social.

En la actualidad y como parte de su lucha por un futuro mejor, la joven guatemalteca forma parte, junto a otras 200 adolescentes, de la campaña Por Ser Niña que visibiliza el accionar de las niñas y jóvenes mestizas e indígenas que luchan por sus derechos y alzan la voz por las que no pueden hacerlo. En este ambicioso plan de formación, las integrantes reciben educación en derechos de la infancia, autoestima, derechos sexuales y reproductivos, participación y prevención de la violencia y comparten sus conocimientos con las jóvenes que viven en las comunidades más alejadas.

Aún queda mucho por hacer por las mujeres en Guatemala; en los últimos cuatro años se han registrado 80.000 matrimonios de adolescentes menores de edad en el país y en distintos ciudades y pueblos se juntan firmas contra el matrimonio infantil e impulsan la aprobación del decreto 08-2015 que eleva la edad legal de matrimonio a los 18 años.