Caprichoso vaivén

Caprichoso vaivén

vaivenLa historia, la filosofía y la moda son tres disciplinas que permiten arrimarnos a los orígenes del culto a la delgadez que sigue imperando en nuestra sociedad, a pesar de los inclusivos discursos políticamente correctos y los esfuerzos por asumir y defender el cuerpo real de las mujeres.

Hay dos mundos inevitablemente unidos: las pasarelas y la vida real, aunque parecieran estar en puntos muy equidistantes. Sin embargo, y especialmente al inicio de una nueva temporada, la figura femenina, el cuerpo de la mujer aparece en cuanto formato gráfico, digital o audiovisual, asumiendo una delgadez casi irreal para la mayoría de las mujeres.

El desprecio por el ínfimo asomo de grasa se ha convertido en una causa inexcusable de censura social y de autoflagelación, sobre todo cuando se acerca el verano y el cuerpo casi desnudo pide pista, salir al sol, exposición explícita.

Si bien hay matices y ciertos contraejemplos que grafican una falsa pluralidad (la aparición de algunas modelos y artistas pulposas internacionales que lograron ‘ganar’ la tapa de las revistas internacionales de moda y que tienen en la exitosa cantante británica Adele, a una de sus máximas exponentes), la delgadez viene ganando la partida desde hace décadas y parece que su reinado es definitivo. Es cierto que a ‘las gorditas’ se les permite ser sensuales -ya no solo bonachonas-, pero se trata de una concesión del mercado, no de una verdadera educación cotidiana que desde el hogar impone figuras ‘como las de las modelos’ para agradar a los demás. Aunque cueste aceptarlo, son muchos los padres (y abuelos) que aún reniegan de los ‘niños y niñas abundantes’.

La tiranía de la apariencia

Demasiadas investigaciones científicas y sanitarias parecen no tener suficiente poder para ganarle a los perjuicios de esta imposición estética. Desórdenes alimentarios, infelicidad en sus más variadas categorías, discriminación, inconvenientes para comprar ropa y tantas otras dificultades cotidianas ilustran situaciones cercanas, que bien vale preguntarnos, casi filosóficamente, por los orígenes de esta imposición global, aceptada y denostada por igual, pero siempre vigente.

¿Cuándo la humanidad comenzó a idealizar la delgadez como el fundamento de la belleza, la elegancia, la salud, la seducción, la distinción y una vida plena?

La investigadora española Marta Llaguno hace un largo salto en la historia que la deposita en el ‘nudo’ central: la aparición de la comunicación masiva. En su ensayo “La tiranía de la apariencia en la sociedad de las representaciones”, sostiene que a lo largo de la historia se registran distintas concepciones “del atractivo y la perfección personal”. Sin embargo, la mayor repercusión la han tenido “aquellas imbuidas de valores fácilmente transmisibles a través de los canales de comunicación estandarizados”.

No siempre la sociedad alabó las virtudes físicas. Durante años, la belleza que se cultivaba y apreciaba provenía del espíritu, en línea con la tradición clásica y ciertos mandatos de la iglesia. Además, la pureza del alma se adecuaba mejor a los modos de difusión de la época, más aptos “para comunicar contenidos que continentes”.

La académica Marta Llaguno explica que “En la era preindustrial, los juicios de valoración se divulgaban individualmente o en grupo, sobre todo a través de narraciones orales, manuscritos e impresos y obras artísticas. Por estas vías, los valores inmateriales tenían más posibilidades de difusión, irradiación y traslación que los plásticos. A través de parábolas, anécdotas, fábulas o historias fácilmente asimilables y recordables -primero orales y después escritas-, era fácil inculcar recetas y condiciones para aumentar virtudes teologales y hacer que estas normas se asimilaran y corriesen entre el pueblo iletrado. Sin embargo, no resultaba tan sencillo transmitir masivamente criterios estéticos. Los íconos y obras de arte, que plasmaban cánones corporales, eran indivisos, inamovibles y difícilmente divulgables. En consecuencia, sus efectos resultaban geográficamente muy circunscriptos y demográficamente muy selectos”. La imagen, esa ‘poderosa herramienta’ que ahora invade cualquier formato, estaba acotada entonces a los conventos y los palacios, por lo que resultaba muy difícil imponer cánones, y mucho más ‘colonizar estéticamente’ el universo popular como se hizo a partir del siglo XX, a través de la meca del cine norteamericano.

La culpa fue de Coco

Precisamente el cine, la fotografía y los medios gráficos contribuyeron a que la estética (no solo aplicada al arte, sino a la observación del propio cuerpo y sus adornos) terminara de sustituir a la ética y a la espiritualidad que habían signado la ruta occidental.  Después, el acelerado desarrollo tecnológico permitió la reproducción a gran escala y, en consecuencia, las fotos inductoras del consumo invadieron los hogares quebrando fronteras geográficas, culturales y religiosas.

Pero aún faltaba que una autoridad dominante bajara línea desde un baluarte estético del siglo XX: la moda. La culpa del culto a la flacura la tiene Coco Chanel, esa brillante emprendedora autodidacta que marcó a fuego usos y costumbres de la primera mitad del siglo XX al leer con claridad -y provecho económico- las secuelas de la Primera Guerra Mundial.

Ella, que tuvo una infancia muy pobre y mal nutrida y que mucho antes de ser una marca de la moda fue cantora de cabaret y solícita amante de señores con dinero, tuvo la brillante idea de convertir la imagen del hambre asociada a la guerra “en modelos estéticos”.

Tal es la hipótesis de la profesora de Artes de la Universidad de Buenos Aires (UBA) Elina Matoso, en su trabajo “Cuando la delgadez es negocio”. Dice Matoso: “Frente a hombres mutilados, heridos y tambaleantes en la construcción de su nueva imagen de poder, construye un nuevo cuerpo femenino, parecido al del hombre y en condiciones de competir con él. Chanel creó un diseño de ropa que se hizo universal: el trajecito; emblema, máscara femenina de toda reunión política, académica, de negocios; tarjeta de presentación de las mujeres de hoy, pasaporte al mundo laboral”. 

Hasta entonces, la mujer muy magra sugería alimentación deficiente. Ergo, pobreza o, en todo caso, problemas de salud. Coco desmontó el sentido común al instalar la delgadez como un rasgo de estilo. Un nuevo estilo, que denotaba modernidad, dinamismo, éxito. La irrupción de la mujer en el mundo.

Ese fue el verdadero diseño cultural de Chanel. “Cuerpo chato; pechos sin marcar; pollera recta sin destacar caderas; cuellos de camisas sobre solapas de saquitos oscuros. Cuerpos asexuados pero con detalles atribuibles a lo femenino: un fino collar, una delicada pulsera. La mujer descarta un cuerpo con sus redondeces a cambio de un lugar ejecutivo; compra delgadez -residuo de la escasez y del hambre- a cambio de que se borren los rasgos asociables con roles de segundo orden, los del ama de casa, de la vedette, de la reproductora de crías”, escribe Matoso.

El consumo, la aparición de las marcas, el cine: tal es el cóctel del último siglo. El resultado: la sucesión y también la coexistencia de distintas utopías estéticas en torno a la anatomía humana, en especial, la femenina.

Cada tanto emerge la mujer rellena, aunque asociada al desborde erótico más que a la elegancia. Desde las chicas pin up hasta ciertos fenómenos contemporáneos de gran difusión internacional como Kim Kardashian y Nicki Minaj pero el prestigio del cuerpo austero, flaco, continúa inalterable. Más allá de algún permiso eventual para lucir rollos, fomentado por las marcas que buscan una posición políticamente correcta, las visiones de Chanel se han consumado, aunque al final de cuentas, ella era solo era una modista.

-Coco Chanel vivió una infancia muy pobre y mal nutrida pero tuvo la brillante idea de convertir la imagen del hambre asociada a la guerra “en modelos estéticos”.

-“Cuerpo chato; pechos sin marcar; pollera recta sin destacar caderas; cuellos de camisas sobre solapas de saquitos oscuros. Cuerpos asexuados pero con detalles atribuibles a lo femenino: un fino collar, una delicada pulsera. La mujer descarta un cuerpo con sus redondeces a cambio de un lugar ejecutivo; compra delgadez a cambio de que se borren los rasgos asociables con roles de segundo orden, los del ama de casa, de la vedette, de la reproductora de crías”  ( Elina Matoso).